Polvo en el viento
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Polvo en el viento

Polvo en el viento es la historia de una mujer cubana, parte de su vida, sus anhelos y sus logros.

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Madrid

Vive en un chalet a las afueras de Madrid. Es amplio, con terraza, piscina, todo tipo de lujos y un jardín que se distingue del resto porque está flanqueado por cactus, todos sembrados y organizados de una forma armoniosa.

Ella les da los cuidados apropiados, sabe que pueden soportar las altas y bajas temperaturas, que utilizan poca agua y se adaptan a cualquier medio. Son resistentes y en otoño entran en una especie de hibernación.

Estas plantas son su hobby y le traen dulces recuerdos.
Su esposo está sumamente enamorado y la complace, puede hacerlo porque tiene una buena posición financiera.

Se conocieron en Santiago.
La mulata cubana lo enamoró enseguida con su sandunga. Era hermosa, aunque aún sin pulir, risueña, agradable, cariñosa y por demás estaba muy buena.
Su pelo enroscado le envolvía la cara cuando lo besaba. Sus labios marrones y carnosos lo tenían loco.

El movimiento de caderas era envidiable cuando bailaba, hasta las mujeres del club nocturno santiaguero se paraban a mirarla danzar.

Le hizo la corte sin descanso a la joven cubana.

Tiene que ser mía- pensaba el español canoso y de buen vestir desde la primera vez que la vio.
Así fue, en año y medio ya la había llevado a vivir a España.

La joven vivía cómodamente y le daba los mayores placeres al español enamorado. Ambos tenían un trato silencioso de intercambio, lo sabían aunque nunca lo expresaron con palabras.
Los dos eran felices así. Cada uno le proporcionaba al otro, lo que tanto había carecido.

Él, ahora tenía una mujer hermosa y agradable a la que amaba. Ella, una casa grande, linda, con todos las comodidades y un hombre que la adoraba y la trataba bien.

La vida anterior del español había sido de mucho trabajo y un duro divorcio. Su exmujer no lo hizo feliz en el matrimonio y mucho menos en la separación. Los dos hijos se quedaron con ella pero no dejaba de atenderlos.

Cuba

La mulata por su parte, en Cuba había tenido una vida difícil.
Era la sexta hija de un matrimonio que residía en una casa vieja y de madera.

La madre ama de casa, cosía y con lo que ganaba, trataba de vestir lo más digno posible a sus hijos. Guardaba la ilusión de poder arreglar su casa. Por ello a escondidas jugaba a la «bolita», a ver si tenía un golpe de suerte.

El padre era chofer de guaguas, pero apenas le alcanzaba el salario para mantener a su prole. Por eso a veces trataba de olvidar la escasez y las penas con el alcohol.

La menor de las hijas jugaba descalza con sus amigas, le gustaba la lluvia y se bañaba bajo el aguacero. Se trepaba a la mata de mango y no había quien la ganara, era como una gata salvaje que subía rauda y veloz, sus amiguitas se conformaban recibiendo desde abajo la deliciosa fruta.

La mulata creció y le molestaba vivir en una casa así, tan fea, de madera, que cuando llovía caía más agua adentro que afuera y si había sol traspasaba las grietas de las paredes. Por eso aunque le encantaba la lluvia, muchas veces la rechazaba, porque su casa se mojaba toda.

La vivienda era larga, tenía tres cuartos, donde se acomodaba la amplia familia, en uno sus padres, en el del medio ella y sus hermanas y en el último los dos varones, porque el mayor había fallecido de una delicada operación al corazón.

La sala y la saleta tenían un piso peculiar, locetas con rombos negros y blancos.
La cocina comedor estaba al final. Su madre echaba agua caliente y limpiaba con frecuencia porque las cucarachas eran visitantes asiduas, a pesar de la escasa comida.

En el patio tenían varias matas, una de aguacate, otra de grosellas, la de limón, la de mango y la de guayaba. Al fondo del todo, una palma real.

También allí afuera estaba el excusado, ella lo odiaba tanto, que a veces prefería hacer sus necesidades en un orinal.

El portal de alante era amplio pero con el suelo todo cuarteado por los años, a pesar de eso, allí le gustaba aprender a bailar con su hermano.
Justo en la entrada, delante del portal, había una piedra bien grande y redonda, nunca supo quién la trajo ni de dónde, pero lo que recuerda es que toda su familia alguna vez se sentó en esa roca. Era una especie de banco familiar.

En el costado de la vivienda la madre tenía un lavadero grande y varios tanques. El agua escaseaba y era menester comprarla a los aguateros y almacenarla.

Allí sobre el lavadero le gustaba acomodar los cactus que coleccionaba, porque eran como talismanes protectores, que traían buena suerte. Decía que absorbían la energía negativa y con las espinas alejaban cualquier mal, trayendo un ambiente relajado y pacífico.

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La mulata soñaba con vivir bien, tener una casa bonita, con agua y todas las comodidades que necesita un humano, además anhelaba poder ayudar a su familia y no ver nunca más una cucaracha.

Cuando despuntó solía pedir ropa bonita prestada para lucir su esbelta figura y se iba a bailar a los locales nocturnos del centro de la ciudad.
Había tenido un romance con un francés, pero no era lo que esperaba. Otro con un cubano que la maltrataba.

Por eso cuando conoció al español, puso todo su empeño en conquistarlo y lo consiguió.
Su madre ya había muerto de cáncer y su padre le sobrevivió unos años, vivía al cuidado de su hermana mayor, que se lo llevó consigo.

La mulata en España parió una niña preciosa, las mezclas entre las razas, siempre producen cosas bellas.

Su niña era el regalo de Dios, la pareja estaba feliz. La pequeña era de tez blanca, pero de su ascendencia negroide había heredado un pelo con tendencia natural a rizarse, como el de su madre.

Ella ayudaba económicamente a toda su familia, a su padre que ya estaba viejito y enfermo y a sus hermanos, que también tenían su propia descendencia.

Añoraba volver a Cuba después de tanto tiempo. Cuando lo hizo, llegó cargada de maletas, de su marido y de su hija.

Quiso volver a su barrio y a su infancia. Prefirió ir sola.
La casa estaba vendida hacía mucho, pero las obras de construcción habían comenzado de atrás para alante y al parecer todo iba lento.

Pidió permiso al nuevo dueño, quien le dio las llaves sin ningún problema.
Apenas llegó se emocionó. Vio el suelo quebrado del portal, donde tantas veces marcó sus primeros pasos de baile.

Entró y divisó la sala grande con las locetas de rombos blancos y negros, algunas levantadas o movidas de su lugar por el tiempo.

Tocó las paredes de madera tan conocidas, apoyaba su cabeza sobre ellas, como pidiéndoles perdón.

Pasó por los tres cuartos, reinaba ahora el silencio. Miraba cada rincón y oyó las voces de su madre y de sus hermanos, las risas de niños jugando haciendo travesuras. Siempre el ruido y la vida, las risas, la música o los llantos se escapaban de las tablas de madera.

También las discusiones de sus padres por esto, por aquello, o por la escasez de dinero:
-Que con 60 pesos no me alcanza para la comida y para mantener a todos los niños- decía su madre rabiosa.

-Y qué tu quieres? Que robe? Yo trabajo y hago todo lo que puedo…respondía su padre
-Y yo? Crees que me paso el día jugando? Vivo cosiendo delante de esa máquina que ya me duele la espalda¡¡-gritaba su madre casi al llorar.

Se detuvo en seco. Vio el féretro en el centro del cuarto principal, allí tendida su madre tan hermosa, con tantas ganas de vivir y sin poder vencer a la muerte. Los llantos del día del velorio, tantos vecinos, tanta gente…
No pudo soportarlo y rompió a llorar, los años pasados no borraban ningún detalle.

Se acordó de la cruz del horcón de la sala, de su hermanito muerto y de aquella cruz plasmada que al inicio tanto miedo le daba pero a la que luego se acostumbró y llegó a querer.

Nunca le dijeron quién la hizo ni si fue exactamente por la muerte de su hermano.

Cuando mojada por las lágrimas volvió a la sala, se agachó y allí estaba la cruz tan conocida, formada por perfectos huequitos redondeados hechos con algún objeto punzante que hirió al horcón, tal y como la muerte del hermanito los hirió a todos.

Depositó un beso en su mano para llevarlo hasta la sagrada cruz. Era como besar a su hermano por última vez.

Fue hasta la cocina y divisó ahora a su madre en el afán de matar a todas las cucarachas. Su rostro moreno se contraía al ver esa faena.

Siguió caminando despacio y vio a su padre leyendo el periódico en el rincón más fresco de la casa.

Cuando salió al lavadero, estaba vacío. La gente muere, se va y casi nada le sobrevive- pensó- ni los cactus que son tan resistentes.

Todo se va apagando, destruyendo, solo habita la ausencia- balbuceó en voz baja.

Salió al patio, lo estaban cerrando y poniéndole un techo, por eso habían tumbado algunas matas, incluso la palma real, tan bella, altiva y cubana. Solo quedaba la mata de aguacate, medio seca, en un costado.

Cada familia tiene su ideal de vida, en la de ella, había escasez, pero libertad y fluía el aire. Esta familia nueva,» estos intrusos», derribaban la vida y levantaban muros.

Ya habían desbaratado el excusado, para hacer un baño sanitario interior. Mejor así- pensó y recordó con rechazo y asco los tiempos en los que prefería el orinal y no tener que sentarse en aquel cajón cuadrado y apestoso.

Afuera se sentó en la famosa piedra familiar, la vio menos grande y le pasaba la mano a modo de caricia. Sus lágrimas caían y pensaba que esa piedra los había soportado a todos y allí seguía, esperando por otra familia. Qué fugaz era la vida¡

Después de esa tímida reconciliación con su pasado, salió de «su casa» vieja y fea con un sentimiento extraño que nunca antes sintió. Y es que en su interior estaba más unida a su casa de lo que había creído.

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No quiso mirar hacia atrás cuando subió melancólica al carro, apretó el acelerador para ir al encuentro de su familia, su marido y su hija, que ya era toda una mujer. Hoy tenían una gran fiesta familiar.
Con la certeza de que algo se quebraba dentro de ella, se alejó angustiada y llorosa, dejando solo polvo en el viento.

Hasta aquí la historia de la mulata cubana que se fue de Cuba y de su casa dejando polvo en el viento.

Puedes dejar abajo un comentario sobre este relato. Saludos y gracias por leernos,

Sara Milanés.

Esta entrada tiene 10 comentarios

  1. Any

    Q bonita historia

  2. Mireya milanes

    Que conmovedora la historia d la mulata me llego a mis adentro lloré mucho mientras la leía pues todos los k inmigramos sentimos mucha nostalgia d tu gente d tu pueblo y de tu casa

    1. Sara Milanés
      Sara Milanés

      Hola Mireya, nos alegra que te conmoviera. Son historias basadas en hechos reales. Como bien dices recogen la nostalgia de los que emigran por cada cosa que dejan atrás. Gracias por leernos¡ Un abrazo¡¡

  3. Niurvis

    Me gustó mucho ese relato, se recrea bien los dos tiempos la vida de la mulata en Cuba, sus miserias, y recuerdos en aquella bendita casa donde pasó parte de su vida junto a sus hermanos y sus padres quienes marcaron su vida para siempre aunque después pudo disfrutar de una vida plena de abundancia pero siempre tuvo algún elemento que la hacía recordad, sus cactus 🌵 también estaban presentes en su palacio….

    1. Sara Milanés

      Niurvis, nos alegra mucho que te haya gustado. Así es la vida, de pequeños recuerdos y añoranzas. Saludos y abrazos.

  4. R

    Hace años no se me hacían agua los ojos con alguna lectura, creo me estoy haciendo viejo al igual que la casa…

    1. Sara Milanés

      Hola R, seguro no eres tan viejo. Lo que pasa es que todos llevamos una casa, «nuestra casa» muy adentro. Y más sensibles nos ponemos cuando nos hemos ido lejos. La nostalgia es un sentimiento intrínseco al emigrante. Un abrazo bien fuerte¡

  5. Mary

    Curiosa historia! A veces hay una casa en la memoria que necesita econtrar su sitio, sin que duela, una piedra en el camino que no es tan grande como pareccia . Y sobre todo esos, momentos que integrados nos ayudan a vivir agradecidos de nuestra propia historia.
    ¿Polvo en el viento ? Y que sea «Polvo enamorado»

    !Gracias! Un saludo.

    1. Sara Milanés

      Gracias a ti, Mary, por leernos. Considero que la mayoría de los inmigrantes cubanos, traen una casa a cuestas, integrada a sus recuerdos, que como bien dices debe encontrar su sitio, porque de lo contrario se haría muy prolongada la nostalgia. Un saludo.

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